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Página 1 de 3 La importancia de la comunicación
En un pequeño pueblo predominantemente compuesto por católicos vivía un pequeño grupo de judíos. Como las cosas no marchaban bien entre ellos, los católicos decidieron que lo mejor sería pedir a los judíos que se marcharan.
Cuando el sacerdote se reunió con el rabino, el rabino retó al sacerdote a un debate. Si el rabino ganaba, los judíos podían quedarse. El sacerdote estuvo de acuerdo, pero insistió que el debate fuera no verbal.
El día llegó. El sacerdote se puso en pie y extendió los brazos en su totalidad. El rabino respondió señalando vigorosamente con una mano hacia el suelo. El sacerdote le mostró tres dedos. El rabino respondió mostrando solo uno. El sacerdote entonces alzó una manzana. El rabino tomó la manzana y se la empezó a comer. Al hacer esto, el sacerdote habló y dijo: “No hay nada más que hacer. El rabino ha ganado. Los judíos se quedan”.
Más tarde, el sacerdote dio su versión de los hechos: “Cuando extendí los brazos indicando que Dios está en todas partes, el rabino apuntó al suelo diciendo que también está aquí. Cuando mostré tres dedos para declarar la trinidad, el rabino respondió con uno, aseverando que Dios es solo uno. Finalmente alcé la manzana para mostrar que Dios puso a prueba al hombre, pero el rabino, al morderla, mostró que el hombre reprobó la prueba. Entonces me di cuenta que sus argumentos eran convincentes y ganó”.
El rabino dio su propia versión: “Cuando el sacerdote extendió los brazos para mostrar que debíamos irnos, le señalé el suelo para que comprendiera que aquí nos quedamos. Luego me mostró tres dedos, indicando tres días para nuestra partida. Yo le mostré un dedo para insistir que nos diera un mes. Luego me ofreció una manzana en prueba de generosidad, y yo la tomé y comimos. No sé porqué en ese momento me declaró el ganador”.
Esta pequeña historia nos muestra la importancia de la comunicación. En pocas palabras, la buena comunicación se da cuando el que da y el que recibe el mensaje comprenden lo mismo.
La comunicación no verbal
Existen muchas formas de comunicarnos sin decir palabras. Comunicamos con nuestros ojos, con nuestras expresiones faciales y con el modo en que vestimos. Comunicamos con la forma en que nos sentamos, nos paramos, e incluso en el modo en que usamos nuestro tiempo. Comunicamos con nuestros oídos, nuestras manos y nuestros brazos.
El poder de este tipo de comunicación es tremendo, pero malinterpretado. Debemos comprender que para cambiar a la familia, nos debemos cambiar primero a nosotras mismas.
Por ejemplo, el esposo llega del trabajo. Tuvo un día terrible y hace gestos, no habla y se cruza de brazos. La esposa a lo mejor tuvo un día pésimo con los niños. El marido llega y ella se acuesta y no le da de cenar. En realidad la culpa no es del uno ni del otro; ambos han pasado un día difícil. El problema ha sido la falta de clarificación que ha estropeado la comunicación.
La solución es clarificar. Cuando sospeches que tu comunicación no verbal está siendo malinterpretada o tus emociones se han desbordado sin necesariamente estar ligadas a tu familia, da una explicación.
“Tuve un día terrible con los niños. Se portaron mal, hicieron berrinche, y para colmo se descompuso la lavadora, así que te pido un poco de paciencia mientras me tranquilizo”. En el peor de los casos, tu marido mantendrá su distancia y respetará el momento. En el mejor de los casos, te ayudará por medio de la conversación a aligerar tus cargas.
El silencio que mata
El silencio es saludable en muchas ocasiones. Pero en la familia, nos referimos a esos silencios que matan, a esas conversaciones monosilábicas que erosionan la comunicación familiar. Este silencio se manifiesta de varias maneras:
1. Falta de palabras.
Aunque parezca increíble, hay familias en las que durante días nadie se dirige la palabra. Otros hablan solo cuando se les hace una pregunta directa, y aún así, usan la menor cantidad de palabras posibles. A veces uno piensa que tal vez él o ella “es así”, pero solo basta verlos en otro ambiente para saber que esto no es cierto. Con sus amigos, por ejemplo, hablan bastante.
© Laura Castellanos
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