 Desde los 7 hasta los 15 años me crié en un internado católico y os puedo decir que salí harta de religión: misa diaria, rosario diario, flores a María todos los días del mes de Mayo, Via Crucis en Semana Santa, etc., etc. – y, sí, harta de religión porque además no aportaba nada a mi vida. Entraba a misa, rezaba, confesaba, pero luego salía y seguía igual con mi vida, vacía.
Yo era una niña-adolescente bastante rebelde e insumisa, estaba harta de tantas normas en el colegio y en casa, pues por aquel entonces u obedecías o "bofetón que te arreaban", y no necesitaba un Dios con más normas de las que ya tenía ni más "bofetones" de los que ya recibía. Esa era mi opinión de Dios, sentado arriba desde el cielo, esperando a ver qué hacía para castigarme. Yo quería ser libre. Libertad y no más normas era lo que deseaba.
Entonces conocí a "una hereje"; en aquellos años cuando en España la religión católica era la oficial, todos los que no eran católicos, eran herejes. Ella era una persona maravillosa, pero yo no entendía a qué se debía; sólo sabía que conocía a un Dios diferente . No tenía una vida fácil, todo lo contrario, pero yo percibía que era una mujer libre.
Me habló de Dios, sí, un Dios diferente, pero, obviamente, ella era una "hereje" y yo pertenecía a la "religión verdadera". Traté de esquivarla siempre que podía porque además no me interesaba, y ya había tenido bastante de religión. Una y otra vez me retaba, y no tanto con sus palabras, sino con su vida. Pero aún así, del poco interés que yo tenía, tuve que leer la Biblia para enseñarle que estaba equivocada y que era una hereje. Pero cual fue mi sorpresa, que poco a poco fui conociendo al Dios de la Biblia, al verdadero.
No era lo que yo pensaba – ese Dios déspota – no estaba con un "garrote en la mano", ni tampoco era indiferente. Ese Dios me estaba ofreciendo la libertad que yo tanto anhelaba. "Si el Hijo (Jesucristo) os liberara, seréis verdaderamente libres" (texto de la Biblia).
A mis 50 años y pico, sigo leyendo la Biblia, y es en ella donde he conocido a ese Dios cercano, que es mi fuerza de vida. Es en Él donde encuentro alivio cuando estoy angustiada, consuelo cuando estoy triste, guía cuando estoy perdida, amor cuando me siento desamparada, y esperanza cuando la vida se pone oscura.
¿Conoces tú a este Dios? Créeme, no está lejos.
© Adela López Ruz
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