 INVIERNO: la regeneración (30 años de casados en adelante)
Se disfrutan los frutos del trabajo invertido durante toda la vida. Es una etapa en la que hay que reorganizar y estabilizar la vida personal y la de pareja. Es también una etapa de desprendimiento (los hijos se van, se da la jubilación, el envejecimiento, la pérdida de capacidades, la aparición de enfermedades y la muerte), de reflexión, de recogimiento y balance.
Es una etapa de grandes satisfacciones: el amor conyugal acrecentado, la vida profesional lograda, los hijos convertidos en hombres y mujeres formando sus propias familias, la alegría de los nietos; se cultiva lo que costó tanta lucha personal y de pareja a lo largo de la vida.
Esta etapa ofrece a los esposos la estabilidad y la serenidad que les ha dado el profundo conocimiento mutuo, la aceptación ilimitada que uno tiene por el otro, así como la experiencia que han adquirido a lo largo de su vida conyugal. Todo esto preparara a marido y mujer a enfrentarse al desprendimiento, que será más llevadero si cuentan con su mutuo apoyo, afecto y amor.
Cuarta crisis: LA APROPIACIÓN Y EL RECLAMO
Si la crisis de la indiferencia no se superó, en vez de que los cónyuges emprendan juntos el ascenso hacia la cúspide de su amor, se quedarán parados el uno frente al otro como dos desconocidos que nada se deben y todo se reclaman. En lugar de prepararse para el desprendimiento, ambos se obsesionarán en apropiarse lo que puedan, ya sea reteniendo o sobreprotegiendo a los hijos, controlando a los nietos, chantajeando al cónyuge, quejándose continuamente y poniéndose en la postura continua de víctima, culpando a los demás de sus desgracias. Con esta actitud la persona consigue más que retener, alejar a aquellos que más cerca desea tener.
Finalmente esta conducta resulta en vacío, soledad y desesperanza, haciéndose un círculo vicioso que provoca la muerte del amor.
Riesgos en esta etapa:
Enojo constante de uno o ambos cónyuges, lo que comúnmente resulta en personas amargadas.
Incapacidad de descubrir lo positivo, especialmente en el cónyuge.
Avaricia, incapacidad de compartir lo que se ha adquirido a lo largo de los años.
Depresión crónica, aislamiento.
Vivir encerrados en sí mismos, dándole vueltas a sus necesidades insatisfechas.
Falta de intereses, proyectos, esperanzas y amor.
CONCLUSIÓN
El amor conyugal es dinámico, por eso el matrimonio vive amenazado por crisis periódicas. Éstas son naturales, pero no por ello dejan de comprometer la unidad y madurez de la relación. Los cónyuges deben elegir entre avanzar o retroceder, entre crecer y madurar o cristalizar y hacer morir su amor.
En cada etapa hay que vivir el amor de acuerdo a esa etapa, para así poder desarrollar lo que hay que desarrollar en la misma.
El conocimiento de las características de cada etapa, de sus crisis y sus riesgos, nos ayudará a vivir más conscientes y más alertas del propio proceso y así madurar en el amor con certeza y efectividad, lo cual nos permitirá gozar las alegrías que ofrece el amor maduro.
Sea cual sea la etapa que estamos viviendo, hay que trabajar constantemente en hacer madurar nuestro amor, en esforzarnos porque crezca y se convierta en una gran satisfacción.
Apuntes del Diplomado en Desarrollo Humano impartido por la Escuela de Administración de Instituciones de la Universidad Panamericana © Karen Durán de Serrano
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