Vida
Sin duda concebir y preservar la vida es una de las dichas más grandes que la mujer puede experimentar. Y si algo he aprendido a través de los años es que la mujer es dadora de vida dondequiera que se pare, pues ese don no se limita a su cuerpo y a sus hijos: la mujer genera vida, la va derramando a su paso, todo lo que toca vive y trasciende, brilla y se ilumina, resplandece y crece, bendice a otros, contagia y se difumina en un epidemia de entrega y amor.
La mujer se apasiona por lo que sabe suyo, deposita de sí misma en todo lo que hace, no lo puede evitar, así fue diseñada. Por eso llora cuando el amor le duele, por eso se salta la hora de la comida en la oficina para terminar un proyecto, por eso se queda despierta toda la noche junto a la cuna del hijo enfermo, por eso ignora las miradas que la juzgan cuando grita, salta y ríe con su amiga recién comprometida; por eso puede hacer tantas cosas a la vez y seguir haciendo más y más aunque esté agotada.
Mi vida ha estado rodeada de mujeres, unas han sido como un soplo, así como llegaron se fueron y otras han permanecido a través de los meses, de los años, de las décadas. Mujeres que trabajan, mujeres que estudian, mujeres solteras, casadas, divorciadas, mujeres que han perdido a sus esposos repentinamente, mujeres inteligentes, mujeres embarazadas, mujeres con hijos pequeños, mujeres con hijos en la adolescencia, mujeres con hijos adultos, mujeres que enseñan, mujeres que aprenden, mujeres que leen, mujeres que escriben, mujeres que escuchan, mujeres que corren, mujeres que nadan, mujeres que investigan, mujeres que buscan, mujeres que hablan, mujeres que callan, mujeres abnegadas, mujeres liberales… todas únicas, todas sin repetición, cada una ha dejado algo en mí, algo que ha generado y forma parte de la que soy hoy.
A ti, en este día, gracias por ser un pedacito de mí y por dejarme ser un pedacito de ti.
Comentarios...
|
Trivialidad femenina
Vivo en un país donde la estatura promedio de las mujeres es de 1.60 metros, yo estoy nueve centímetros por debajo de ese promedio, pero no es algo que me acompleje, me preocupe o me disguste... salvo cuando voy a comprar pantalones. .
No entiendo porqué en un país donde la mayoría de las mujeres miden 1.60 metros sólo fabrican pantalones para mujeres que miden entre 1.65 y 1.70 metros; son poquísimas las tiendas que venden ropa "petite" y a veces ni siquiera esas tiendas tienen pantalones que cumplan VERDADERAMENTE esa condición. Así que sufro, pues además de pagar el pantalón, tengo que pagar el arreglo, es decir, que le corten las piernas y le suban el dobladillo para que yo pueda usarlo.
Desde hace tres años tengo un pantalón café que me encanta, me queda bien de todos lados (previo arreglo del largo de las piernas, por supuesto) y es muy cómodo... pero me lo he puesto tantas veces que ya luce un poco descolorido; así que hoy, que tuve un poco de tiempo por la mañana, fui de "cacería" a buscar un pantalón café lo más parecido posible a aquel que ya está dando sus últimos estertores.
¡Y lo encontré! Cómodo, que me quedó tanto de la cintura como de la cadera (también eso me resulta difícil debido a mi anatomía a lo Tinkerbell)... y las piernas... largas, larguísimas.
¡En fin! Yo quería escribir algo menos trivial, de hecho tengo un tema mucho más profundo rondándome por la cabeza (espérenlo muy pronto)... pero no siempre tengo la dicha de encontrar algo que me guste, que me quede, que sea cómodo y que -además- esté a mitad de precio.
Comentarios...
|
Tan trivial como comprar ropa
No sé quién dijo que las mujeres disfrutamos comprando ropa. Es gratificante estrenarla, pero la odisea que tengo que atravesar para adquirirla, no es divertida.
Primero está el reto de encontrar exactamente lo que estoy buscando, porque cuando no voy a comprar algo, veo mil cosas que me gustan, pero cuando voy con el dinero suficiente y el firme propósito de adquirir una nueva prenda, no hay nada que llene mis expectativas. Empiezo el recorrido por todas las tiendas hasta que encuentro algo que me convence y agrada. Luego tengo que encontrar mi talla, pues dependiendo de la marca, es la talla que me queda.
Cuando encuentro algo que creo me va a quedar, llega otro dilema: el probador.
Los cubículos son minúsculos y las luces intensas: empiezo a sudar. Los pantalones que me quedan de la cadera me nadan en la cintura y viceversa, laa talla 4 me queda chica y la talla 6 enorme; no importa que en las etiquetas diga "petit" siempre me quedan largos. Las blusas que me quedan bien en los hombros, no me bajan en las caderas. Las faldas y los vestidos son más benévolos conmigo.
Por fin encuentro algo que me gusta, pero no me encanta, así que voy a otra tienda y repito el proceso. Generalmente regreso por aquello que elegí primero. Si tengo tiempo me lo vuelvo a probar y ya que comprobé que me queda bien de todos lados, lo compro y me lo llevo.
Ahí voy con mi nueva adquisición en su bolsita linda y me atacan las dudas: hubiera comprado el otro, se me veía mejor el rojo, gasté demasiado, necesitaba más la blusa que la falda... y así hasta que llego a mi casa y ya me da flojera regresar a cambiar lo que compré.
Llega el momento de estrenar y me doy cuenta de todos los inconvenientes que no pude ver dentro del probador: se me cae el tirante, se abre un botón cuando me agacho, se arruga nomás de verlo, el dobladillo se me atora con el tacón, la manga me irrita la axila, cuando me siento se ve hasta lo que no... pero eso sí, me veo guapísima y nadie me quita la grandiosa sensación de estar estrenando.
Comentarios...
|