Tratado sobre una Mujer Mantenida (parte 6)

¿Que los quehaceres en la casa nunca terminan y nadie los valora? Puede ser, sin embargo en este aspecto también es ingrediente imprescindible mi actitud. Si de todos modos tengo que lavar la ropa, ordenar las habitaciones y hacer la comida, prefiero hacerlo con alegría y amor, involucrando a mi familia en las diversas tareas, enseñándoles a trabajar en equipo y a estar dispuestos a ayudar.
¿Que la crianza de los hijos puede tornarse monótona y aburrida? Ciertamente, sobretodo cuando son muy pequeños; pero esa etapa dura un parpadeo; cuando menos me di cuenta, mis hijos habían crecido y requerían menos asistencia de mi parte.
He podido entonces excavar en mi interior para reencontrar esos sueños que había enterrado, desempolvar dones y talentos que nunca dejé de tener pero que durante años usé de otra manera.
La verdad que las amas de casa actuales tenemos muchas herramientas para seguir creciendo y aprendiendo, para contactar el mundo exterior y distraernos. Estudiar a distancia por Internet, escribirle un e-mail a mi amiga que vive del otro lado del océano y ver en facebook las fotografías de su familia. Buscar recetas nuevas en las innumerables páginas de cocina, interactuar con otras madres a través de los foros destinados para compartir dudas y buenos consejos y hasta escribir un blog para desahogarme y transmitir lo aprendido. ¡Somos una generación de “mantenidas” privilegiadas!
Y más allá de ser una “mantenida” porque no salgo a trabajar ni genero un ingreso económico para mi familia, soy una mujer “mantenida” porque Dios sostiene mi vida en Sus manos. Él me sustenta, Él me da paz; no me ha dejado, no me deja, ni me dejará. Sé que antes de confiar en el hombre que amo, puedo y debo confiar en mi Creador, porque Él es el único que no miente ni falla, el único que mantiene mi vida y me mantiene en Su camino.

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Tratado sobre una Mujer Mantenida (parte 5)

Descubro que soy una mujer realizada cuando cada noche mi esposo anhela regresar a casa, cuando me saluda con un beso amoroso, cuando constato que soy su mejor amiga mientras me platica todos los pormenores de su día.
Soy una mujer realizada cuando él propicia que tengamos tiempo de pareja, cuando después de casi catorce años de matrimonio, me dice que soy la mujer más hermosa del mundo, cuando me desea, cuando sé que encuentra en casa todo lo que necesita y no tiene que salir a buscarlo allá afuera.
Encuentro mi realización en los momentos en los que él interactúa con nuestros hijos, siendo un padre presente, que juega con ellos, que platica con ellos, que les dice y les demuestra constantemente que son especiales, que los ama y que está ahí para ellos.
Es ahí donde está mi realización.
¿Aburrida, frustrada, qué flojera? ¡No! Porque estoy convencida que es ahí donde entra la actitud y disposición de cada mujer.
Yo disfruto ser una “mantenida” porque lo he decidido, porque tengo la convicción de que Dios ha puesto en mis manos vidas humanas, material eterno. Dios ha confiado en mí para transmitir Su aliento de vida, Su amor, Su cuidado, Su entrega. Tengo un tesoro invaluable: personas, corazones que necesitan la palabra de Dios, que necesitan escuchar de mis labios lo que Él dice de ellos, que necesitan saber que el Cristo que vive en mí también vive en ellos y es Quien nos da la sabiduría, la fortaleza, el gozo, la humildad, la templanza, la paciencia, la mansedumbre, la bondad y el amor para realizar el trabajo que a cada uno nos corresponde para ser una familia madura y en consecuencia una familia feliz; una familia que abre sus puertas y acoge a otros que en este mundo adverso, necesitan conocer a Dios, a un Dios real, vivo y actual.

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Tratado sobre una Mujer Mantenida (parte 4)

… Y entonces reencuentro mi realización y mi satisfacción. Porque yo también llevo a cabo un trabajo, un trabajo que tiene que ver con la vida: generarla e inspirarla.
Mi realización está en los abrazos y los besos de mis hijos, en sus carcajadas y aún en sus discusiones.
Mi realización estuvo en el consultorio del pediatra cuando éste me dijo que mis hijos estaban creciendo adecuadamente. Estuvo cuando dieron sus primeros pasos o dijeron su primera palabra. Estuvo cuando por sí mismos se amarraron las agujetas, leyeron una palabra o hicieron los trazos de sus primeras letras.
Mi realización estuvo cuando recibieron un diploma por aprenderse un poema o cuando ganaron una medalla en el spelling bee.
Mi realización ha estado cuando juntos y sin mi ayuda preparan hot cakes, cuando no tengo que decirles una y mil veces que hagan los deberes, cuando nos reímos sin parar de una de sus ocurrencias, cuando me encuentro una notita que dice “eres la mejor mamá del mundo y le doy gracias a Dios por ti”, cuando mi hijo me cuenta de la niña que le gusta, cuando buscamos en you tube nuestras canciones favoritas para cantarlas juntos o cuando mi hija me dice que le gusta cuando su papá y su hermano se van al futbol porque así ella y yo podemos pasar tiempo “de niñas”.
Ahí encuentro mi satisfacción, porque todo eso significa que estoy haciendo mi trabajo y que lo estoy haciendo bien, cumpliendo con aquello que me ha sido encomendado.

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Tratado sobre una Mujer Mantenida (parte 3)

Porque me ha dado la posibilidad de ser yo el primer testigo del crecimiento y el desarrollo de nuestros hijos; porque me ha dado la ventaja de conocer esta faceta de mi feminidad que implica disfrutar de mi casa, de mi cocina, de mi familia, sabiendo que soy yo la que construye y edifica este hogar.
Es tan hermoso percibir que mis hijos saben que yo estoy ahí, que podemos platicar en el momento que ellos quieran, que puedo resolver sus dudas o que si no tengo la respuesta, podemos investigar juntos lo que ellos quieren aprender.
Me encanta percatarme de que mi esposo sabe que yo estoy ahí, pensando en él, preparando para él un oasis al que puede llegar a descansar, a reposar, a desahogarse, a aliviarse, a sosegarse, a serenarse, a ser –simplemente- él mismo.
Qué gratificante sentarnos en familia alrededor de la mesa, comer o cenar todos juntos, conversar, aprender unos de otros. Guiar a nuestros hijos e instruirlos en lo que Dios enseña, encaminarlos hacia el cumplimiento del propósito divino en sus vidas. Todo eso sólo puede darse en el día a día, en la cotidianeidad de la rutina, en la cercanía, sin prisas, sin carreras. Y eso podemos tenerlo cuando yo me quedo en la seguridad de mi casa, donde lo externo no me distrae ni me absorbe.
“¿Y tu realización?” Alguien podrá preguntar. Mi realización está en ese mismo lugar, en mi hogar. Quien ha dicho que una “mantenida” vive frustrada y no alcanza su realización, no ha sido una ama de casa con objetivos definidos. Sí, sí ha habido veces en que me he sentido frustrada y cansada, más que eso, agotada y aburrida; sin embargo, no tengo más que recordar porqué decidí quedarme en casa, porqué disfruto tanto ser esposa y madre…

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Tratado sobre una Mujer Mantenida (parte 2)

Y es que en la actualidad eso de ser ama de casa es mal visto. Hoy las mujeres estudian licenciaturas, maestrías y doctorados, ejercen puestos de alto mando en grandes y renombradas empresas y creen que están en una competencia enardecida con los hombres, queriendo demostrar que son tan o más capaces que ellos.
Actualmente si eres mujer y no tienes una profesión, eres una tonta; pero si la tienes y decides quedarte en casa, eres más tonta.
Y soy muy consciente de que vivo en un país en el que las oportunidades son escasísimas, un país en el que muchísimas mujeres tiene que salir de su casa a trabajar, pues un solo ingreso no es suficiente para el sostén de la familia, o porque el marido no tiene trabajo o porque ni siquiera existe un marido. Sin embargo, este no es un tratado social, ni una crítica a nuestro deteriorado sistema gubernamental; solamente hablo desde mi realidad, porque esa es la que vivo diariamente.
Sé de muchas mujeres, solteras y casadas, que están en la cumbre de su desarrollo profesional y laboral. Ellas mencionan que les daría mucha flojera ser “mantenidas”, que pronto se aburrirían de esa situación. Yo llevo once años de serlo y estoy muy lejos de morirme del tedio o del aburrimiento.
Para mí ser una mujer “mantenida” significa ser una mujer protegida.
Es así como me siento, es así como vivo. Mi esposo ha construido un cerco alrededor de mí, un cerco dentro del cual puedo moverme con libertad.
Una de las necesidades primordiales de la mujer es sentirse cuidada y vivir tranquila en la certidumbre de ese resguardo.
Vivo agradecida por la seguridad que mi esposo siempre me ha prodigado, porque me da la oportunidad de quedarme en casa mientras él sale a enfrentarse a un mundo áspero y hostil.

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Tratado sobre una Mujer Mantenida (parte 1)

Desde que me casé, soy una “mantenida”.
Aunque trabajaba fuera de casa como profesora de Inglés, el dinero que yo ganaba lo destinábamos al ahorro, fue un acuerdo al que llegamos mi esposo y yo. Así que el sueldo que yo recibía, nunca sirvió para pagar la renta, la despensa, el servicio de luz o del agua. Tampoco usé mi sueldo para comprarme ropa, zapatos o maquillaje, un libro o un CD que me gustara… todo, absolutamente todo lo que necesitaba para mi manutención y todo lo que no necesitaba pero quería, era sostenido por el salario de mi esposo.
Y eso que el inicio de nuestro matrimonio no fue fácil en el aspecto económico, ya que un par de meses antes de la boda mi esposo se quedó sin empleo; sin embargo, nunca nos faltó nada, pues Dios siempre nos ha tenido en Sus manos y ahí está nuestra fe.
Pronto encontró otra fuente de trabajo y poco a poco nuestra economía mejoró y se estabilizó, pero aún en los momentos más difíciles no tocamos el ingreso que yo recibía, continuamos guardándolo en el banco hasta que, llegado el momento, lo usamos para irnos de vacaciones.
Así que, indudablemente, desde que me casé he sido una mujer “mantenida”.
Años después decidimos tener un bebé, sin embargo, sufrí un aborto espontáneo. Cuando me embaracé otra vez decidimos que yo dejara de trabajar, no hasta que naciera el bebé, como antes habíamos acordado, sino desde el instante en que me enteré que estaba encinta.
En consecuencia, tengo once años en mi casa, dedicándome al hogar, siendo esposa y madre de tiempo completo. Hasta ahora no me he hartado de ello. Soy una mujer “mantenida” y soy feliz.

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¡No sonó el despertador!

Está a punto de terminar el curso escolar y mis hijos, sus maestras y yo, ya estamos funcionando a marchas forzadas.
Desgraciadamente el plan de estudios de nuestro sistema educativo está tan mal hecho, que estas últimas semanas de clases, los niños van al colegio a hacer nada, les dejan llevar juguetes y juegos de mesa, ven películas y salen dos horas y media antes del horario común. Mis mañanas se reducen y lo que suelo hacer en siete horas, tengo que hacerlo en cinco, o hacer todo a medias, o ir con mis hijos a lugares donde generalmente voy sola, como al supermercado y ese tipo de lugares que las mujeres desesperadas visitamos con frecuencia pero que a los niños no les encantan.
Ya no tengo fuerzas para exigirles que se vayan a dormir temprano y por las mañanas a todos nos cuesta un trabajo enorme dejar las cobijas y alistarnos para el colegio.
Hoy me despertó el llanto de mi hija. Abrí los ojos y me percaté de que entraba más claridad por la ventana. ¡Ay no, son las siete y cuarto de la mañana! Hora en la que mi esposo sale con los niños para llevarlos a la escuela. Mi niña lloraba porque hoy podía ir vestida con la ropa que quisiera y no con el aburrido uniforme. “Ya me perdí la oportunidad de ir con la ropa que quería” “No a ver, vamos a apurarnos”. Lo bueno es que ella había dejado lista la ropa desde ayer, le enfundé la blusa y los pantalones en un solo movimiento.
Mientras tanto mi esposo fue a la habitación del niño, quien ya estaba prácticamente vestido. “¿Por qué no nos hablaste si te despertaste antes?” “Los estaba esperando…” ¡¿?! ¿Esperando? No sé para qué, si hubiera querido hacer tiempo para faltar al cole ni siquiera se hubiera puesto el uniforme… ¡no sé! Ya se lo preguntaré.
Bajé corriendo y preparé un refrigerio exprés, qué bueno que ayer horneé pan de manzana y partí sandía. Además les puse un paquete de galletas a cada uno: “expliquen a sus maestras que nos levantamos tarde, a ver si les dejan comer algo antes del receso”.
En fin, un poco de prisa y diversión para romper con el tedio de la rutina matutina.

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Vida

Sin duda concebir y preservar la vida es una de las dichas más grandes que la mujer puede experimentar. Y si algo he aprendido a través de los años es que la mujer es dadora de vida dondequiera que se pare, pues ese don no se limita a su cuerpo y a sus hijos: la mujer genera vida, la va derramando a su paso, todo lo que toca vive y trasciende, brilla y se ilumina, resplandece y crece, bendice a otros, contagia y se difumina en un epidemia de entrega y amor.
La mujer se apasiona por lo que sabe suyo, deposita de sí misma en todo lo que hace, no lo puede evitar, así fue diseñada. Por eso llora cuando el amor le duele, por eso se salta la hora de la comida en la oficina para terminar un proyecto, por eso se queda despierta toda la noche junto a la cuna del hijo enfermo, por eso ignora las miradas que la juzgan cuando grita, salta y ríe con su amiga recién comprometida; por eso puede hacer tantas cosas a la vez y seguir haciendo más y más aunque esté agotada.
Mi vida ha estado rodeada de mujeres, unas han sido como un soplo, así como llegaron se fueron y otras han permanecido a través de los meses, de los años, de las décadas. Mujeres que trabajan, mujeres que estudian, mujeres solteras, casadas, divorciadas, mujeres que han perdido a sus esposos repentinamente, mujeres inteligentes, mujeres embarazadas, mujeres con hijos pequeños, mujeres con hijos en la adolescencia, mujeres con hijos adultos, mujeres que enseñan, mujeres que aprenden, mujeres que leen, mujeres que escriben, mujeres que escuchan, mujeres que corren, mujeres que nadan, mujeres que investigan, mujeres que buscan, mujeres que hablan, mujeres que callan, mujeres abnegadas, mujeres liberales… todas únicas, todas sin repetición, cada una ha dejado algo en mí, algo que ha generado y forma parte de la que soy hoy.
A ti, en este día, gracias por ser un pedacito de mí y por dejarme ser un pedacito de ti.

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Los verbos que conjuga la madre


Un fragmento... de el libro "La Llorona" de Marcela Serrano
"Alimentar y abrigar. Los dos verbos que conjuga instintivamente la madre.
Abre el arcón donde conserva la lana, la que cada año guarda luego de trasquilar
a sus propias ovejas, una lana sin color, un poco dura. El invierno castiga,
dice. Más tarde agrega: un abrigo para la niña. Toma unos enormes palillos de
madera y comienza su tarea. El ruido que hacen los palillos al entrechocar la
madera amodorra a la mujer. Si le preguntan cuál es la música de la placenta, la
vibración del útero materno, respondería: el sonido de los palillos. Y le
acometen unas enormes ganas de entregarse, también ella, a la tarea de
tejer.
La madre cocina. Nació viéndola cortar la cebolla. Cuadraditos, plumas o
semicírculos perfectos. Constituían parte de todos sus alimentos, no había guiso
que no la incluyera. De pequeña, cuando la tristeza se engolosinaba de ella y el
llanto no era bienvenido en la casa, ayudaba a la madre a cortar la cebolla,
primero con los dedos para remover capa a capa y luego con un cuchillo: se
aliviaba llorando con todo disimulo. La imagen de la madre cortando la cebolla
no es perecible, por lo que desea que la niña la vea realizar esta acción
también a ella. Que la recuerde en la mesa de la cocina, activa como un latido
de corazón."

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Mamás Cansadas

Pensaba retomar las reflexiones acerca del libro "Hasta las Mamás Merecen Descanso", pero le presté mi ejemplar a una mamá cansada, amiga mía.
Creo recordar que ya les he platicado que mis mejores amigas y yo vivimos en puntos muy diversos de esta gran Ciudad, por lo que no podemos vernos muy seguido, así que una vez al mes desayunamos juntas en algún lugar que a todas nos quede a similar distancia. Llegamos del sur, del norte y del occidente, todas puntuales para pasar tres o cuatro horas juntas, antes de salir corriendo para llegar a tiempo por los niños.
Nos vimos la semana pasada y una de nuestras amigas, que es particularmente aprehensiva y perfeccionista, nos platicaba que había ido al neurólogo porque estaba presentando un peculiar dolor de cabeza que sentía cuando inhalaba. Después de una exhaustiva revisión, el médico le dijo que tenía el cuero cabelludo inflamado a causa del estrés y la tensión; nada grave, sin embargo, no es la primera vez que somatiza su preocupación y afán: las mujeres somos expertas en eso, yo misma tomo medicamento diariamente, tres veces al día, para controlar la colitis, que sí, suele presentarse cuando tengo más ocupaciones o algún pendiente por resolver.
He aprendido a tomarme las cosas con calma, ahora mismo -que es domingo- las camas están destendidas, yo estoy en pijama y el canasto de la ropa sucia está a tope, pero ya entendí que no pasa nada si no hay absoluto orden y que es mejor tomarme un descanso justo hoy que es un día para eso y me senté con mi laptop junto a mi esposo mientras él ve el futbol. Pero a mi amiga le cuesta mucho descansar, cuando se da un respiro es porque ya terminó todos sus quehaceres y como en la casa siempre hay algo qué hacer, es muy raro cuando se toma un descanso... por eso me pareció urgente prestarle mi libro, porque ella no lee este blog y no se ha enterado de todas las cositas que les he compartido.
Así que no puedo retomar las reflexiones hasta que tenga nuevamente el libro, y mientras tanto, no sé qué escribir.
¿Alguna sugerencia?

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Un Monstruo de Tres Cabezas

Escuché a un pedagogo hablando acerca de cómo los padres sobreprotegemos a nuestros hijos y el daño que esto les puede causar.
Pienso que en la actualidad eso de la sobreprotección es más común que cuando yo era niña. Antes las familias constaban de un mayor número de hijos: cuatro, cinco o más. A los padres no les daba tiempo de sobreprotegernos, bastante hacían con medio protegernos; teníamos que aprender a compartir, a discutir, a ceder; nos cuidábamos los unos a los otros. Además, vivíamos en un mundo menos violento, con menos riesgos y delincuencia, jugábamos en las calles y eso nos enseñaba a enfrentar las adversidades.
No existían tantos distractores y pasábamos más tiempo en familia, sin teléfonos móviles ni redes sociales; nuestros padres no tenían que compensar el tiempo que no pasaban con nosotros dándonos en exceso todo tipo de regalos. .

Y bueno, este pedagogo decía que la sobreprotección es en realidad maltrato infantil y la comparaba con un monstruo de tres cabezas:

1. Dar demasiado, es decir, darles a nuestros hijos todo lo que piden, en el momento en que lo piden, de la manera en que lo piden.

2. Criar en exceso, lo que significa, hacer por el niño lo que él puede hacer por sí solo.

3. Estructura laxa, lo que quiere decir, no establecer límites en la educación de nuestros niños.

Al sobreproteger a un niño lo estás maltratando, pues lo estás convirtiendo en una persona inútil, intolerante a la frustración y por lo tanto anti social. ¡Qué duro! Yo no quiero eso para mis hijos ¿y tú?

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Niños obesos

Esta semana escuchaba la radio y el tema reiterativo era la obesidad infantil en mi país. Resulta que en diez años, hemos pasado a ocupar el segundo lugar mundial en este rubro. Lo que más me llamó la atención es que el gobierno ha tenido que invertir en un curso para profesores de educación básica, para que estos a su vez den ese curso a los padres de familia, que consiste en aprender a comer de manera saludable, en no enviar alimentos chatarra para el refrigerio de media mañana, en involucrar a los niños en la elección y preparación de alimentos saludables para que les entusiasme comerlos y en promover el consumo de agua en vez de bebidas azucaradas.
Y yo me pregunto ¿qué los padres –sobre todo las madres- no deberíamos saber eso ya? ¿No debería formar parte de nuestro instinto? A veces pienso que estamos tan saturadas de información, que nuestro instinto materno se ha adormecido y ya no sabemos actuar ante cuestiones tan sencillas de crianza y educación.
Me puse a pensar porqué ahora tienen que enseñarnos a alimentar a nuestros hijos y llegué a estas conclusiones:
- En la actualidad muchas madres trabajan fuera de casa, así que no tienen tiempo de cocinar alimentos saludables y echan mano de la comida rápida o la congelada de los supermercados.
- Por esa misma razón, los niños se quedan con los abuelos, consentidores por excelencia, y ellos les dejan comer lo que sea… o como los padres no pasan tiempo con ellos durante la semana, compensan dándoles lo que quieran sin establecer límites (llámese juguetes, videojuegos o comida, claro).
- Las madres actuales somos hijas de la primera generación feminista, aquella donde las mujeres decidieron “liberarse”; así que nadie nos enseñó a cocinar o a llevar un hogar. Simplemente no sabemos cómo hacerlo (claro, hay sus honrosas excepciones).

Sean estas las causas de la obesidad infantil o no, es un problema real, no sólo en mi país sino a nivel mundial y tenemos que hacer algo para solucionarlo.

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Respira...

“Desde el primer segundo en que la mayoría de las mujeres deja de hacer algo productivo, empieza la culpa. Te estás tomando un descanso, pero ¡deberías estar trabajando! ¿Por qué estás de floja? Deberías estar ocupada siempre con algo constructivo. Porque nos enseñaron a creer en eso. Buscamos un momentito por aquí y por allá, en espera de la gran recompensa en algún punto del camino: cuando los chicos se vayan a la universidad, cuando nuestra carrera exija menos o cuando ganemos la lotería y no tengamos que preocuparnos por el dinero.
Pero hay algo muy importante: tal vez nunca llegue la recompensa. Quizá nunca haya una época mágica en el futuro, libre de preocupaciones, para disfrutar momentos de paz sin culpa, porque no sobrevivirás a la maternidad sin resquebrajaduras. Este asunto es muy extraño: a veces ni siquiera te das cuenta de qué necesitas o qué quieres por estar tan ocupada. Y es que nos gusta estar ocupadas y sentirnos útiles […] Mientras más ocupadas estemos menos capaces seremos de saborear los aspectos sencillos de la maternidad (y de nosotras mismas) que tanta alegría nos producen.”


.

Siempre he dicho que la culpabilidad es parte del paquete de la maternidad; hay infinidad de aspectos por los cuales las madres nos sentimos culpables.
Es tan necesario que hagamos un alto en la rutina diaria, por salud física y mental. El estrés está de moda y no debería ser así.

Que sepamos que somos valiosas por lo que somos y no por lo que hacemos; que busquemos ser genuinas antes de ser eficaces; que conozcamos lo que Dios dice de nosotras para no buscar aprobación y valor en las distintas actividades y roles que desempeñamos día con día.

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Eligiendo batallas

Tengo una madre que todos los días que vivimos juntas se despertó para prepararme el desayuno. En preescolar y primaria porque yo era muy pequeña, en secundaria y preparatoria porque para mí era más importante peinarme que alimentarme; en la Universidad para que durmiera más después de desvelarme haciendo tareas; cuando empecé a trabajar y aún el día de mi boda, mi madre me preparó el desayuno.
Para mí, la idea de una buena madre, incluye que ésta se levante junto con sus hijos, les prepare el desayuno y los mande al colegio con un beso, una bendición y una sonrisa. Por lo menos, eso he intentado hacer casi todos los días desde hace seis años.
Cuando mis hijos eran pequeñitos les ayudaba a vestirse, les daba el desayuno, preparaba el refrigerio, les daba su beso y mi esposo los llevaba al colegio. La rutina no ha cambiado mucho, salvo porque ahora pueden vestirse por sí solos y porque me cuesta muchísimo lograr que se despierten.
Aún cuando se duermen a una hora adecuada, no hay poder que logre levantarlos a la primera. Los muevo mientras les doy los buenos días, les canto cancioncillas ridículas, me acuesto junto a ellos, los apachurro y cuando ya están despabilados, bajo a la cocina y desde ahí les grito ¿YA ESTÁN? ¿CÓMO VAN? ¡YA ESTÁ LISTO EL DESAYUNO! ¡NO SE VUELVAN A DORMIR! ¿QUÉ ESPERAN? ¡SE ESTÁ HACIENDO TARDE!
Nunca se hace tarde, vivimos a tres minutos del cole y no importa cuán tarde salgan, siempre llegan a tiempo y los dejan entrar. ¿Cómo se va a hacer tarde si yo siempre estoy atrás de ellos e insistiendo en que se despierten y se apuren? La única que se preocupa y termina agotada soy yo.
Así que el lunes, después de varios gritos, regaños y ¡¿CÓMO ES POSIBLE QUE TARDEN MÁS DE MEDIA HORA EN PONERSE EL UNIFORME?! Decidí no pelearme más con ellos. Por la tarde impuse las reglas: a partir de hoy van a poner sus relojes despertadores, ustedes son responsables de levantarse y vestirse; yo sólo les llamaré una vez y les avisaré una vez cuando el desayuno esté listo, todo lo demás es su responsabilidad, si no están listos para la hora que papi los lleva al colegio, no es mi problema.
Van dos días y ha funcionado bien. Ayer estaban entusiasmados con la novedad, hoy ya no tanto. Lo mejor de todo es que yo he empezado mis días en paz.

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Hijos irrepetibles, madres únicas

Continúo con las reflexiones a partir del libro “Hasta las Mamás Merecen descanso” de Susan Callahan, Ann Nollen y Katrin Schumann. Dice en la página 95:

“Nuestros hijos nos enseñan más de nosotras mismas de lo que podríamos aprender en toda la vida. Ponen en duda todo lo que pensamos que sabíamos de nuestra persona, de nuestra pareja o de la vida en general. En ocasiones tenemos éxito como maestras pacientes, llenas de recursos y consistentes ante nuestros hijos, pero a veces, fracasamos. En los buenos tiempos y en los no tan buenos se revela lo mejor y lo peor de nosotras mismas. Nuestros hijos nos aman por todo lo que somos: lo bueno, lo no tan bueno y lo malo.”


La más grande lección que me ha dejado la maternidad es que soy la madre perfecta para mis hijos. Cada vez que alguien me pregunta acerca de la maternidad, esto es lo que digo, que cada hijo y cada madre son únicos y que poco a poco ambos van adaptándose uno al otro, aprendiendo a conocerse, a amarse, a entenderse y que lo que funciona para ellos, es muy probable que no funcione para nadie más.
Con la llegada de los hijos todos nuestros paradigmas se rompen, la vida cambia radicalmente, aquello que significaba normalidad y tranquilidad no existe más y tenemos que reajustarnos, que descubrir una nueva realidad donde ya no somos más un matrimonio, sino una familia, pequeña, pero al fin y al cabo familia. Cuando asimilamos eso y lo aceptamos, es cuando podemos empezar a vivir nuestra maternidad con contentamiento, con la certeza de que eso que estamos viviendo es bueno; y que aunque implica una enorme responsabilidad y un reto incomparable, es también una gran oportunidad de aprendizaje y de bellísimas satisfacciones… ¿o no?

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¿Te acuerdas cuando mi mamá...?

¿Qué creían, que ya me he olvidado de que hasta las mamás merecemos descanso? ¡Claro que no! Pero el acelerado fin del viejo año y no menos ajetreado inicio del nuevo año (incluidos gotera en el baño, descompostura de un aparato que aumenta la presión del agua en nuestra casa y un apagón de casi 48 horas provocado por los fuertes vientos) no me habían permitido retomar la lectura y reflexionar.

“Lo más probable es que tus recuerdos más preciados de niña no tengan nada que ver con el esfuerzo que tu mamá invirtió en su papel de madre. De seguro tus mejores imágenes son sencillas: acurrucada con tu mamá, jugando horas con cajas de cartón, ver a tus papás reírse. Sonríes con sólo pensar en esas imágenes.”

. ¿Qué recordarán mis hijos de mí? ¿Cómo recordarán su niñez y qué papel jugaré yo en ella? ¿Pensarán en mí correteándolos para que se tomen las vitaminas? ¿O se acordarán de mi continuo mal humor matutino? ¿O en mis constantes amenazas y advertencias?

Si yo misma miro hacia atrás en estos casi diez años de maternidad no recuerdo con exactitud qué hice cuando mi hijo recién nacido lloraba a causa de los cólicos, pero sí recuerdo su primera carcajada. No recuerdo lo que me indicó la pediatra acerca de cómo debían ser sus primeros zapatos, pero recuerdo su enorme sonrisa al deslizarse por el tobogán en el parque. No recuerdo con exactitud cómo me explicó la maestra de segundo grado que debía apoyarla en casa para enseñarle las tablas de multiplicar, pero recuerdo esa tarde en que él, su hermanita y yo nos acurrucamos en mi cama para leer cuentos. Quiero olvidar el regaño que les di hoy en la mañana al tener que insistirles una y otra vez en que ya era hora de despertarse y alistarse para el colegio; pero no quiero olvidar que ayer no podíamos parar de reír por no sé qué tontería que se nos ocurrió a la hora de la comida.

Quiero tomarme menos en serio y construir para mis hijos las bellas memorias que tendrán sobre mí a lo largo de sus vidas.

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Perfeccionismo

Continúo desmenuzando el libro "Hasta las Mamás Merecen Descanso" y espero que se animen a dejar sus comentarios, la mejor manera de enriquecernos y darnos cuenta que no estamos solas en esto de la maternidad es escuchar a otras madres y poder decir "¡Uf! No estoy tan loca como imaginé". .

"El intento de ser perfecta puede ser inevitable para las personas inteligentes y ambiciosas a quienes les interesa el mundo y su buena opinión. Lo que resulta muy duro, y realmente divertido, es renunciar a ser perfecta y empezar a trabajar en ser tú misma" Anna Quindlen

Cada vez conozco más mujeres en esta situación, luchando por ser perfectas, quizá´por los estándares que el mundo actual marca. Ya no basta con que seas madre, si lo eres, tienes que estar al tanto de las últimas tendencias educativas, no basta con que te dediques al hogar, debes hacer otra cosa por que ser ama de casa no es suficiente ni bien visto. Si trabajas fuera del hogar, también tienes que ser perfecta ahí en la oficina... y además, no se te permite quedarte con unos kilos de más después del embarazo, ni tener celulitis, ni estrías, ni raíces oscuras en el pelo porque no te ha dado tiempo de ir a retocarte el tinte... ¡definitivamente no! Tienes que ser perfecta.

Y en ese intento de ser perfectas y de llenar las expectativas de todo mundo, nos olvidamos de ser quienes realmente somos y nos hundimos en un perfeccionismo obsesivo y enfermizo que termina por colmar a nuestra familia.

Claro que existe en nosotras el deseo de ser mejores, y eso no está mal, pero hay gran diferencia entre el perfeccionismo, sin duda destructivo, y la lucha, que es normal y constructiva. El mismo libro menciona estas diferencias:

La lucha es saludable cuando,

- te pones metas basadas en tus propios estándares, olvidándote de las expectativas de los demás.
- te pones metas que van un paso más allá de lo que has logrado y valen la pena, pero son alcanzables.
- experimentas placer en el proceso de manejar tu vida, y entiendes que no todo tiene que ver con el resultado final.
- cuando hay un fracaso o un retroceso, la crítica propia o de los demás no hace que disminuya tu autoestima.

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Quiero saber de ustedes... sé que también están desesperadas

Hace unas semanas les recomendé el libro "Hasta las Mamás merecen Descanso".
Lo leí el año pasado y después de mencionarlo en este espacio, decidí leerlo nuevamente. Quiero dedicar ésta y las próximas entradas a compartir y comentar con ustedes algunas porciones de este texto que me han impactado, que me han hecho reflexionar acerca de cómo estoy llevando mi propia maternidad y que me han dado buenas ideas para seguir desempeñándome como "mujer desesperada".

"... Estás a punto de iniciar un viaje de auto descubrimiento. Tu voluntad de abrirte al escrutinio, de pedir ayuda y de admitir e incluso disfrutar la imperfección contribuirá a que retomes el control de tu vida. Aprenderás a escuchar otra vez la voz de tus instintos y a dejar de sentirte culpable por no estar tan bien como deberías. Te tratarás con mayor compasión y serás más paciente con los que te rodean."


En ocasiones somos nosotras mismas las que hacemos los juicios más severos e implacables contra nosotras mismas; nos exigimos demasiado y nos ponemos estándares muy altos, cuando no podemos alcanzarlos nos sentimos frustradas y malhumoradas, lo cual a veces descargamos en aquellos que más amamos: nuestro esposo y nuestros hijos. Finalmente, vivimos arrastrando un pesado lastre de culpabilidad. Pero ¡no tiene porque ser así!
Si nos conocemos, si estamos conscientes de quiénes somos y de lo que Dios dice de nosotras, entonces será mucho más sencillo seguir adelante, hacer lo que debemos hacer con una mejor actitud y sobretodo caminar por la vida de una manera más liviana.

¿Tú qué opinas? ¿Qué significa la maternidad para tí? ¿Hay veces en que te sientes culpable? ¿Estás tan enfrascada siendo madre que se te ha olvidado ser tu misma? ¡Vamos deja tu comentario! Sé que me lees y me encantará leerte también.

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Frases de desesperada

Luis Pescetti es un escritor y músico que dirige sus libros y canciones al público infantil, pero los padres también lo disfrutamos mucho y recibimos sabias enseñanzas de sus letras... por lo menos ese es mi caso.
En la introducción de la canción que estoy a punto de compartirles él les pide a los niños que levanten la mano cada vez que escuchen una frase que sus padres les hayan dicho. No puedo evitar cuestionarme cuántas veces levantarían mis hijos la mano y le pido a Dios que me haga una madre más alivianada y menos desesperada.

"Gracias"
No rompas, no te toques
pórtate bien,
lávate las manos,
no grites, cállate,
haz las tareas,
no vuelvas tarde, habla correctamente,
no toques eso,
ordena tu cuarto
¡cuidado no te caigas!,
no hables con la boca llena.
No mientas, no seas chancho
di la verdad,
no comas con las manos,
vestíte bien,
cuando llegue tu padre ya vas a ver,
saluda a la señora,
estáte quieto,
usa el tenedor como te dije,
ponte un suéter,
se mira y no se toca.
No camines descalzo,
pide perdón,
córtala o te reviento,
toma la leche,
eso no se dice,
vos me querés matar,
mostrále como bailas.
pipí y a la cama,
los niños no lloran,
cuida a tu hermano,
no te comas la uñas.
No te pongas una bolsa en la cabeza,
no mires a otra parte cuando te hablo,
no me contestes,
mira cómo viniste,
el sí que es obediente
no como tú,
abrígate que hace frío,
es hora de acostarse.
A ver, a ver que se dice
gracias, gracias, gracias,
muchas gracias, gracias, gracias.

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Aprender a ser madre

Aprender a ser madre no es instantáneo, no se da de un día para otro y -en ocasiones- ni siquiera es instintivo.
Aprender a ser madre requiere de toda una vida, en que la mujer va creciendo junto con sus hijos, cambiando, mutando, floreciendo a través de cada etapa.
Aprender a ser madre, es entender desde el primer día en que sostienes a tu bebé en brazos, que los hijos no son propios, que llegará el último día en que estarán bajo tu techo y los tendrás que dejar ir.
Aprender a ser madre es saber que vas a reír con tu hijo, que vas a llorar con él y a causa de él, que te vas a enojar, que lo vas a corregir, a regañar, a gritar... y que después, cuando esté dormido, entrarás en silencio a su cuarto y le darás un beso en la frente.
Aprender a ser madre es tejer a lo largo de la vida de tu hijo las alas que le darás para que pueda volar, para que pueda ser independiente, para que pueda enfrentarse a cualquier circunstancia, ya sea dichosa o adversa; para que llegue un día en el que no te necesite más.
Aprender a ser madre es saber que en el paquete de la maternidad viene incluida la culpabilidad: culpa por no haber tomado el curso prenatal, culpa por dejarle de dar el pecho, culpa por no evitar que se golpeara, culpa por olvidar darle el medicamento, culpa por no leerle un cuento todas las noches, culpa por no ayudarle a hacer el trabajo de investigación... Pero también es saber deshacerse de esa culpa, disolverla, enterrarla, entender que no eres la madre perfecta –nadie lo es- pero que sin duda eres para tu hijo, la adecuada, la más inteligente, la más tierna, la más bella... simplemente ¡la mejor!

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Sólo niñas

Estoy convencida que uno de los regalos más maravillosos que Dios me ha dado es tener un hijo y una hija, poder disfrutar de un hombre y una mujer y descubrir cuánto me enriquezco con sus diferencias.

El viernes estrenaron la nueva película de Tinkerbell (Campanita o Campanilla). Desde que la empezaron a anunciar Insufrible y el Campeón avisaron que no pensaban ir a verla, pues es una película de niñas.

Así que ayer sábado que transmitieron dos partidos importantes de soccer (el del equipo de la liga mexicana al que le vamos en esta familia y el de la selección de nuestro país contra la de Costa Rica), la Princesa y yo nos fuimos al cine a ver nuestra película de niñas.

Como cuando llegamos al cine faltaba más de una hora para que iniciara la peli, compramos los boletos y nos fuimos a dar una vuelta por el centro comercial. Entramos a una tienda departamental y nos pusimos a ver ropa. La princesa me decía; ese está bonito mami, mira éste, ¿te gusta esa falda?, te verías bonita con esa blusa... Hasta que encontramos un vestido que a las dos nos gustó mucho. Mami, pruébatelo. Y me lo probé, no lo compré, pero me encantó la experiencia de hacer una actividad "tan de mujeres" con mi propia hija.

Luego aprovechamos para comprar unas cuantas cosas en el supermercado.

Regresamos al cine, compramos unos chocolates y nos metimos a la función.

La película me gustó mucho. Estas nuevas películas de Hadas tienen la peculiaridad de transmitir valores. La que vimos ayer hace énfasis en la amistad y el perdón, una historia linda, llena de magia, de colores y de otoño (que es mi estación favorita).

Lo mejor fue pasar tiempo con mi Princesa, fomentar nuestra comunicación y nuestra complicidad que sólo existe entre dos mujeres que se aman, ya sean madre e hija, hermanas, primas, amigas...

Y todo parece indicar que Insufrible y el Campeón también la pasaron muy bien en su tiempo de "sólo niños".

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Los Peores Hijos del Mundo

Hay noches en las que me meto a la cama pensando no sólo que tengo los peores hijos del mundo, sino que yo misma soy la peor madre del mundo.
Son las noches de esos días intensos en que mis hijos y yo pasamos las tardes discutiendo: el Campeón con la Princesa, la Princesa conmigo, yo con el Campeón, el Campeón consigo mismo… solamente porque no tenemos perro, gato o pez, pues seguramente también entrarían en la discusión. Son las tardes en que los deberes escolares se convierten en una tarea interminable, en que la obediencia quedó en el olvido y la paciencia quedó enterrada en una parte muy profunda de mi ser. Esas tardes suelen coincidir ¿por qué no decirlo? con el alboroto de mis hormonas y su desordenado sube y baja de ciertos momentos del mes. .
Hace un par de días, a eso de las cinco de la tarde, yo estaba agotada. Tuvimos una semana ajetreada, acostumbrándonos nuevamente a la rutina escolar. Además, precisamente ese día fue muy estresante para mí y -como pocas veces- decidí recostarme y tomar una siesta.
Cerré las persianas y me acosté en la cama. Los peores hijos del mundo entraron en puntas de pie a mi habitación y me dieron besitos, después cerraron con cuidado la puerta, bajaron el volumen del televisor y al hablar entre ellos, lo hacían en susurros para no despertarme.
Los peores hijos del mundo son los que tuvieron la idea de subirme el desayuno a la cama hace una semana que se celebraba el día de las madres y los que hicieron lindas tarjetas en el colegio diciéndome cuánto me aman.
El peor hijo del mundo es al que escuché llorar enternecido bajo sus sábanas porque se despertó cuando yo entré a arroparlo. ¿Por qué lloras? le dije, porque me conmovió ver cómo me cuidas, respondió.
La peor hija del mundo es la que entra todas las tardes a la cocina ofreciéndome su ayuda para lo que sea: limpiar, lavar platos, sacar la basura o meter una colada al lavarropas.
Sí, no hay duda, tengo a los peores hijos del mundo…

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Mamá Súper Equipada


Uno de esos días en los que el Campeón y la Princesa estaban jugueteando, sin yo estarlos viendo, les llamé la atención muy específicamente. Más tardé en decírselos, que ellos en llegar -asombradísimos- a la puerta de mi habitación:

- ¡¿Cómo supiste lo que estábamos haciendo?!
- ¡Aaaaah!- les dije- las mamás lo sabemos todo... tenemos ojos en la espalda.

Ya ni me acordaba de eso, pero desde hace unos días la Princesa ha estado muy insistente con eso de mis ojos en la espalda. Que dónde los tengo, que porqué no se ven, que si de veritas los tengo...
De eso estábamos hablando ayer en el auto:

Princesa: ¿Yo tengo ojos en la espalda?
Triple: No
Princesa: ¿Cuándo sea grande me van a salir?
Triple: Sí... cuando seas mamá
Campeón: ¿Y a mí?
Triple: Quizá
Campeón: ¿Sí o no?
Triple: No, los papás no tienen
Campeón: Oyeeeeee!!!!

Y casi me tapa los ojos.

Triple: No Campeón, me tapas la visibilidad y podemos chocar.
Princesa: Y si chocamos Mami se puede morir
Triple: ¡¿?!
Campeón: No, porque mami tiene bolsa de aire
Princesa: ¿Bolsa de aire? ¡¡¡¡¡¿DÓNDE?!!!!!!!

Así que para estas alturas, la Princesa debe pensar que soy un modelo de mamá súper equipado, con ojos en la espalda y bolsa de aire (que yo pienso tengo muy bien acomodada en las caderas). También tengo una llanta de refacción a la altura de la pancita que me ha acompañado desde el final de mi último embarazo y que por más dietas y ejercicio no he podido deshacerme de ella.
Tengo mp3 con miles de canciones que me acompañan a lo largo del día y GSP que me guía directo al colegio, la natación, las clases de música, el supermercado, la estética, etc. Para algunas cosas soy automática y para otras, definitivamente funciono a distintas velocidades.
Para ser modelo 75, tengo un kilometraje bastante decente, tengo gran rendimiento de combustible y mi apariencia –creo- no es la de alguien que han corrido sin aceite.

Y sí... soy una mamá súper equipada!!


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Preguntas

Dicen que entre más pequeños son los hijos, los problemas que hay que resolver para criarlos son también pequeños. Claro, cuando uno vive entre pañales y biberones no piensa que esos problemas sean tan pequeños y muchas veces se desea que los hijos crezcan.
Yo creía que iba a llegar un momento en el que finalmente iba a descansar, pero cuando se terminan los pañales, empiezan los dibujos con crayones y cuando estos terminan, empieza el proceso de lectoescritura y cuando salimos de él, nos topamos con las sumas y las restas… en fin, esto de la paternidad no tiene fin.
Últimamente he tenido unos cuantos problemas que tienen que ver con mis hijos y la obediencia. Cuando pensaba que todo estaba funcionando de maravilla en mi familia ¡zaz! Se les ocurrió crecer, cambiar y cuestionar... el Campeón y la Princesa preguntan de todo: que por qué de un lado de la Tierra es de día mientras del otro es de noche, que si hay un solo Dios, que por qué hay gente mala en el mundo, que cómo nacen los niños, que cuál es la única palabra que se pronuncia equivocadamente, que si tengo la mitad de hermanas que de hermanos incluyéndome a mí ¿cuántos hermanos y hermanas tengo? Y montones de preguntas que requieren respuestas que suelen desgastar mi –ya de por sí- usado cerebro.
A estas preguntas se acaba de añadir la de ¿por qué tengo que obedecerte? Porque soy tu madre, estuve tentada a responder, pero no lo hice y en cambio respondí “por amor”. Porque cada uno de nosotros tiene ciertas cosas que hacer para que nuestra familia funcione y para que tengamos un hogar feliz: papi sale a trabajar todos los días porque nos ama, yo me hago cargo de las labores del hogar porque los amo y quiero que tengan una casa linda y ustedes nos obedecen porque nos respetan y a través de ese respeto nos demuestran cuánto nos aman.
Sus rostros se iluminaron, quedaron satisfechos con la respuesta y desde entonces no tenemos grandes problemas con eso de obedecer.

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Hijos Felices

Una de las responsabilidades que tenemos como padres es la de educar a nuestros hijos, tarea por demás complicada. Quisiéramos que cada uno de ellos incluyera desde su nacimiento un instructivo.
Pero otra de las grandes responsabilidades que nos corresponde como padres es hacer felices a nuestros hijos.
A veces tomamos muy en serio nuestro papel de padres y nos olvidamos de divertirnos, de hacernos más ligera la carga, de ser felices, de aprender a disfrutar los momentos en que estamos con nuestros hijos.

Hoy decidí olvidarme de la ropa sucia, de cumplir con la rutina y me pasé la tarde horneando galletas con mis hijos. Dejé que ellos hicieran la mayor parte del trabajo y no regañarlos si tiraban un poco de harina. Nos tardamos el doble de tiempo en preparar y limpiar la cocina que si lo hubiera hecho yo sola, pero la alegría que experimentamos no la cambio por nada.
Recordé otros momentos en los que he decidido olvidarme de los pendientes para dedicarme a mis hijos y me sentí satisfecha al descubrir que no soy el ogro que a veces creo ser y que hacer felices a dos niños es fácil.
Como esa tarde en que nos pusimos a pintar con gises de colores todo el suelo del patio: casas, flores, soles, carreteras, números, letras, gatos, pajaritos… la lluvia se encargó de borrarlo todo para darnos la oportunidad de hacerlo otra vez.
Aquella mañana en la que salimos al parque a hacer burbujas de jabón para corretearlas y reventarlas.
Esas ocasiones en que he dejado todo por tomar la foto de “la primera vez”.
Recordé los cinco minutos que me tomó hacer un letrero de bienvenida cuando mi hijo regresó de un campamento y su carita de felicidad al verlo pegado en la puerta de su cuarto.

El tiempo pasa muy rápido y lo mejor que podemos hacer es dedicárselo a nuestros hijos, dándoles lo mejor de nosotros, amándolos, creando lindos recuerdos para ellos. Enseñándoles, sobretodo con un buen ejemplo. Estoy segura que las lecciones mejor aprendidas son aquellas que recibimos en un ambiente de amor, aceptación y felicidad.

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Perfil del blog
Soy Triple y dicen por ahí que -como escribió Rosa Montero- tengo un don para crear ambientes, para construir un entorno de plácida domesticidad, para hacer que las lámparas de una casa difundan una luz dorada y dichosa, para conseguir que allí, donde yo estoy, eso sea un hogar.



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