Cotidianeidad
Pasan los días, los llenamos de rutina, amanece, anochece, vamos, venimos.
No nos damos cuenta que es ahí en la cotidianeidad donde aprendemos, donde maduramos, donde libramos batallas, donde somos testigos ¡de la vida!
Tuve visitas el sábado, cuando se fueron me percaté que ya no me estresa recibir gente en mi casa. Antes siempre quería que notaran que mi casa es la más bonita, la más limpia, la mejor decorada y que soy -por supuesto- la mejor anfitriona, la perfecta ama de casa y la más experimentada cocinera.
No sé en qué momento me relajé al respecto, pero me he dado cuenta que he disfrutado muchísimo las últimas ocasiones en las que he recibido visitas: ya no me paso horas limpiando antes de que lleguen, ni me importa si sirvo en dos vajillas distintas... he aprendido a darle valor a lo que verdaderamente lo tiene: disfrutar la plática, llorar de tanto reír, ver a los niños divirtiéndose; poder abrir las puertas de mi casa y que los que vengan se sientan contentos. Eso no se logra solamente con una comida suculenta y una mesa bien puesta... se logra con una actitud correcta de alegría y amor.
Después de continuos achaques, nuestro calentador dio su último estertor. Después de reparaciones, mantenimiento y adaptaciones, finalmente murió.
Es increíble como esas pequeñeces nos quitan la paz, el buen humor y la armonía... Compramos un calentador nuevo, ayer lo instalaron y hoy en la mañana me di el mejor baño desde que nos mudamos.
Entonces pienso que tengo mucho más de lo que otros tienen, que he sido muy bendecida y que Dios me ha dado mucho más de lo que necesito.
Y es ahí, en la cotidianeidad que Dios nos usa, nos enseña, nos permite pequeñas o grandes pruebas para crecer, para aprender... es en esos detalles imperceptibles que Dios se esconde y busca nuestras reacciones. Es ahí en la cotidianeidad que Él se manifiesta, porque si nos ponemos a pensar, lo extraordinario pasa de vez en cuando... pero la cotidianeidad puede ser maravillosa si así lo decidimos.
Escrito por Triple
Comentarios (2)
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"Mond" dijo...
Yo sólo tengo una vajilla, así es que eso jamás me estresaría. De hecho, mi mamá se enojaba cuando servía en vasos de plástico, pero para mí -a veces- es mucho mejor y más fácil. También la practicidad es buena y genera un ambiente menos estresante.
14.07.09 a las 00:00
"Keila" dijo...
Totalmente de acuerdo. La actitud correcta es la que nos da las mejores alegrías, y la rutina es el verdadero taller donde se moldea nuestro carácter.
14.07.09 a las 00:00
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